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Para Ailton Krenak, lo que se llama capitalismo «hizo metástasis»

Chamán, filósofo, líder indígena y escritor brasileño, es una de las voces más reveladoras del pensamiento latinoamericano contemporáneo. El fundador de la Unión de Naciones Indígenas (UNI), autor de Ideas para posponer el fin del mundo y Futuro ancestral, entre otros libros, objeta el utilitarismo actual y plantea que «los gobiernos dejaron de existir».

“Somos la plaga del planeta, una especie de ameba gigante. A lo largo de la historia, los humanos, o mejor dicho, ese club exclusivo de la humanidad, fueron devastando todo a su alrededor”, advierte Ailton Krenak en “No se come dinero”, uno de los textos que integra un librito extraordinario, La vida no es útil, publicado por Eterna Cadencia, con traducción de Cecilia Palmeiro y prólogo de Natalia Brizuela. El chamán, filósofo, líder indígena y escritor brasileño, una de las voces más reveladoras del pensamiento latinoamericano contemporáneo, fue hijo de la primera generación de Krenak que vivió “en cautiverio”. La tierra ancestral de los Krenak en la región del río Doce fue ocupada por el Estado brasileño en 1922. Al igual que muchos otros indígenas de Brasil a principios del siglo XX, fue forzado a vivir en una reserva indígena. En 1968 su familia se vio obligada a exiliarse de nuevo. Llegó a San Pablo en 1975, asistió a escuelas occidentales, estudió artes gráficas y rápidamente se involucró en el entonces emergente despertar de los pueblos indígenas que desembocó en la creación de la Unión de Naciones Indígenas (UNI) en 1983.

El gobierno de las corporaciones

Krenak es el nombre del pueblo indígena al que pertenece, no es un apellido en el sentido en que es usado habitualmente en el sistema legal. Ailton, que nació en 1953 en Minas Gerais, propone establecer contacto con la experiencia de estar vivos. “Puede ser una ficción afirmar que si la economía no funciona plenamente nosotros vamos a morir. Podríamos poner a todos los dirigentes del Banco Central en una caja fuerte gigante y dejarlos viviendo ahí, con su economía. Nadie come dinero”, subraya y para ampliar esta constelación temática menciona las palabras de un antepasado de un indígena estadounidense del consejo de ancianos del pueblo Lakota, Wakya Un Manee, también conocido como Vernon Foster. “Cuando en las aguas solo quede el último pez y el último árbol sea removido de la tierra, entonces el hombre se dará cuenta de que no puede comer su dinero”. La idea de concentración de la riqueza, desde la perspectiva del chamán y filósofo, llegó a su clímax. “El poder y el capital entraron en un grado de acumulación tal que ya no hay una separación entre la gestión política y financiera del mundo”, plantea. “Los gobiernos dejaron de existir, estamos gobernados por grandes corporaciones. ¿Quién va a hacer la revolución contra las corporaciones? Sería como luchar contra fantasmas. El poder, hoy, es una abstracción concentrada en marcas aglutinadas en corporaciones y representada por algunos humanoides. No tengo duda de que estos humanoides, enfocados en el poder del dinero, también sufrirán una saturación”.

El libro preserva el encanto de lo que se podría llamar “método de construcción”. La mayoría de los textos de Ailton surgen de conversaciones, conferencias y debates, realizados en los primeros meses de la pandemia de Covid-19, que luego fueron transcriptos y editados. La investigación y organización del libro estuvo a cargo de Rita Carelli. “Las ideas se desarrollan en y a través de la conversación, en un brillante resplandor de pensamiento conceptual producido en movimiento”, destaca Natalia Brizuela en el prólogo de La vida no es útil. “Podríamos pensar en todas las presentaciones públicas, entrevistas, conversaciones y textos de Ailton como formas de construir alianzas a través de una política de reciprocidad, que articulan y le dan cuerpo a una nueva relacionalidad entre indígenas y no indígenas. La oralidad en el origen del texto de Ailton es la forma elegida para una noción radical de relacionalidad que nos ofrece a los no indígenas -analiza Brizuela-. El diálogo, el intercambio, la relación y la reciprocidad son nociones clave en el pensamiento de Ailton y, en la forma oral, se convierten en la estructura de una praxis basada en la escucha”.

“Sueños para postergar el fin del mundo”

La desconexión con el organismo vivo que es la Tierra alarma a Ailton. La evidencia está a la vista: el derretimiento de los glaciares, los océanos llenos de basura, las listas de especies en extinción en aumento. “¿Será que la única manera de demostrar a los negacionistas que la Tierra es un organismo vivo sea descuartizarla? ¿Picarla en pedazos y decir: ‘Mirá, está viva’? Es de una estupidez absurda”, asegura en uno de los textos que podría inscribir una parte del pensamiento del chamán y filósofo en el decrecionismo, ese movimiento político, económico y social que pone el énfasis en la necesidad de reducir el consumo y la producción global. “Tenemos que parar de desarrollarnos y comenzar a involucrarnos”, propone y sugiere que cuando todo va en picada él invoca al poeta Carlos Drummond de Andrade (1902-1987), especialmente el poema “El hombre; los viajes” porque es “un poema sobre eso que estamos viviendo”: “Quedan otros sistemas fuera/ del solar a col-/ onizar./ Cuando se acaben todos/ solo resta al hombre/ (¿estará equipado?)/ el viaje más difícil y peligroso/ de sí a sí mismo:/ poner el pie en el suelo/ de su corazón/ para experimentar/ colonizar/ civilizar/ humanizar/ al hombre/ descubriendo en sus propias inexploradas entrañas/ la perenne, insospechada alegría/ de con-vivir”.

Leer a Ailton implica entrar en otro modo, un modo que expande las experiencias y los sentidos, anestesiados por el exceso de racionalidad de la cultura occidental. En “Sueños para postergar el fin del mundo”, postula la centralidad de los sueños. “Soñar es una práctica que puede entenderse como un régimen cultural en el que, temprano a la mañana, la gente cuenta el sueño que tuvo. No como una actividad pública, sino de carácter íntimo. Uno no cuenta su sueño en una plaza, sino a las personas con las que tiene una relación. Lo que también sugiere que el sueño es un lugar para la transmisión de afectos”. El despertar de Ailton se produjo a partir de un sueño que le compartió a finales de los años 70 un chamán que le habló de la devastación de la Tierra por los proyectos de los blancos. Ese sueño lo compartió con otros parientes indígenas cuando empezó a viajar por Brasil para construir la UNI. Se dio cuenta de que “había algo en la perspectiva de los pueblos indígenas, en nuestra forma de ver y de pensar, que podía abrir una ventana de entendimiento en el entorno que es el mundo del conocimiento”. Después de la creación de la UNI cofundó el Centro de Cultura Indígena en 1985, y dentro de esta organización lanzó el primer programa de radio producido por indígenas, Programa de Índio, que se emitió entre 1985 y 1990.

“Eso que las ciencias políticas y económicas llaman capitalismo hizo metástasis, ocupó el planeta entero y se infiltró en la vida de manera incontrolable -reflexiona el chamán-. Nuestro sueño colectivo de mundo y la inserción de la humanidad en la biósfera tendrá que darse de otra manera. Nosotros podemos habitar este planeta, pero deberá ser de otra manera. Tendremos que reconfigurarnos radicalmente para estar aquí”. Ailton reconoce que algunos pueblos entienden que sus cuerpos están relacionados con todo lo que es la vida; que los ciclos de la Tierra son también los ciclos de sus cuerpos. “Observamos la tierra, el cielo y sentimos que no estamos disociados de otros seres. Mi pueblo, así como otros parientes, tiene esta tradición de suspender el cielo”. Entonces explica en qué consiste esa tradición. “Suspender el cielo es expandir los horizontes de todos, no solo de los humanos. Se trata de una memoria, una herencia cultural de la época en que nuestros ancestros estaban tan armonizados con el ritmo de la naturaleza que solo necesitaban trabajar unas pocas horas por día para proveerse de todo lo que se necesitaba para vivir. Todo el resto del tiempo uno podía cantar, bailar, soñar: lo cotidiano era una extensión del sueño. Y las relaciones, los contratos tejidos en el mundo de los sueños, continuaban teniendo sentido después de despertar”.

La narrativa de Ailton es como un mantra de la afectividad. Un año clave en su vida fue 1987 por el discurso que dio ante los miembros de la Asamblea Constituyente, encargada de elaborar una Constitución democrática para Brasil, después de 21 años de dictadura militar. Vestido de pies a cabeza con un traje blanco, mientras se pintaba lentamente la cara con jenipapo negro, dijo: “Los indígenas tienen una forma de pensar, una forma de vivir, que nunca puso en riesgo a ningún animal o ser humano”. Como portavoz de la UNI desplegó cuatro demandas que fueron incluidas en la Constitución de 1988: el reconocimiento de los derechos históricos de los pueblos indígenas, la demarcación de las tierras indígenas, la garantía de que los colectivos indígenas serían los únicos usuarios de los recursos naturales en los territorios demarcados y el cumplimiento por parte del Estado brasileño de los proyectos de futuro de las poblaciones indígenas. “En lugar de ser ‘emancipados’ y, por tanto, desaparecidos, los indígenas entregaron una demanda que Ailton expresó y realizó en su performance: la demanda de ser reconocidos como ciudadanos en tanto que indígenas”, fundamenta Brizuela en el prólogo del libro.

Consumir mundos

“El sistema capitalista tiene un poder de cooptación tan grande que cualquier porquería que anuncia se convierte inmediatamente en una manía”, confirma Ailton. “Todos somos adictos a lo nuevo: un auto nuevo, una máquina nueva, una ropa nueva, algo nuevo. Ya se dijo: ‘Ah, pero podemos hacer un auto eléctrico sin gasolina, que no contaminará’. Pero será tan caro, tan sofisticado, que se convertirá en un nuevo objeto de deseo”, describe cómo funciona el consumo y su análisis se expande más allá de esa manía. “El capitalismo nos quiere vender incluso la idea de que podemos reproducir la vida. Que hasta se puede reproducir la naturaleza. Terminamos con todo y luego hacemos otra, nos quedamos sin agua dulce y luego se gana mucho dinero desalinizando el mar, y si no basta para todo el mundo, eliminamos una parte de la humanidad y se deja solo a los consumidores. Una especie de Big Brother que gobierna el mundo al gusto del capitalismo”, lo define el autor de Ideas para posponer el fin del mundo y Futuro ancestral, entre otros libros.

La psicoanalista y crítica de la cultura brasileña Suely Rolnik señala que el capitalismo ha sufrido una transformación tan grande que se convirtió en necrocapitalismo. “Ese capitalismo ya no necesita de la materialidad de las cosas, puede transformar todo en una fantasía financiera y hacer de cuenta de que el mundo es operativo, activo, aunque esté todo mal”, interpreta Ailton y puntualiza que eso es una “distopía” porque “en vez de imaginar mundos, los consumimos” y que “después de comernos la Tierra, nos comeremos la Luna, Marte y los demás planetas”. Hay que abandonar el antropocentrismo porque “hay mucha más vida más allá de nosotros; no le hacemos falta a la biodiversidad”, enuncia el autor de La vida no es útil. “Desde hace mucho tiempo, mi comunión con todo lo que llaman naturaleza es una experiencia que no veo que sea valorada por mucha gente que vive en la ciudad. He visto a la gente ridiculizarme: ‘Él habla con un árbol, abraza un árbol, habla con el río, contempla la montaña’, como si eso fuera una especie de alienación. Esta es mi experiencia de vida. Si es alienación, estoy alienado. Hace mucho tiempo que no programo actividades para ‘después’. No sabemos si estaremos vivos mañana. Tenemos que parar de vender el mañana”, aconseja una de las voces más reveladoras del pensamiento latinoamericano contemporáneo.

La propuesta de Ailton objeta el utilitarismo. “La vida no tiene ninguna utilidad. La vida es tan maravillosa que nuestra mente trata de darle una utilidad, pero eso es una estupidez. La vida es fruición, es una danza, solo que es una danza cósmica, y queremos reducirla a una coreografía ridícula y utilitaria. Tenemos que tener el coraje de estar radicalmente vivos, y no estar regateando la sobrevivencia”, insiste y recuerda que los pueblos originarios todavía siguen presentes en este mundo “no porque fueron excluidos, sino porque se escaparon”. “Los pueblos nativos resisten a esta embestida del blanco porque saben que está equivocado, y, la mayoría de las veces, son tratados como locos. Escapar de esa captura, para experimentar una existencia que no se rindió al sentido utilitario de la vida, crea un lugar de silencio interior”. Un ejemplo le sirve para ampliar su cosmovisión y, además, cuestionar la corrección política. “Cuando los indígenas dicen: ‘La Tierra es nuestra madre’, los otros dicen: ‘¡Ellos son tan poéticos, qué hermosa imagen!’. Eso no es poesía, es nuestra vida -aclara-. Estamos pegados al cuerpo de la Tierra, cuando alguien la pincha, la lastima o la araña, desorganiza nuestro mundo”.

Fuente: Pagina 12

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