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Natalia Lafourcade: «Hablar de la muerte es un acto de humildad feroz y hermoso»

El camino que comenzó en el pop la fue llevando por terrenos inesperados y enriquecedores: en su conexión con artistas y músicas latinoamericanas, la cantante y compositora mexicana abrió un universo que sigue explorando.

En la última década, la mexicana Natalia Lafourcade pasó de ser una estrella del pop a convertirse en una cantora latinoamericana que abrió una nueva puerta para entender la canción popular del siglo XXI. A partir de un profundo trabajo de investigación y exploración por la canción de raíz de la región, Lafourcade encontró una voz propia y empezó a construir una obra sólida, actual e influyente. Después de abordar las piezas de autores como Violeta Parra, Simón Díaz, Atahualpa Yupanqui y Agustín Lara, la cantante, compositora y guitarrista oriunda de Veracruz acaba de publicar un disco de canciones propias, De todas las flores (2022), un trabajo conceptual –acompañado por un libro y un podcast- centrado en los ciclos de la naturaleza, en la vida y la muerte, a partir de un abordaje osado, complejo, íntimo y muy alejado del formato del pop.

“Mi trabajo, aparte de ser una pasión y algo que amo, también es mi servicio, porque es lo que me dieron, es lo que me regalaron para hacer en esta vida, entonces también es un servicio. La música es un don. Yo creo que todos venimos a este mundo con un don y hay que descubrirlo”, le dice Lafourcade a Página/12 antes de presentarse este jueves 10 de agosto a las 21 en el Movistar Arena (Humboldt 450) y el sábado 12 de agosto en el Quality Arena de Córdoba. “Y yo creo que ese don está muy ligado a la infancia. En la infancia es donde el don que cada quien tiene se puede ver. Y si nuestros padres nos apoyan y de repente nuestro temperamento también, aunque todo indique que no, uno se aferra al caballo y va para adelante. Y cuando eso sucede el don se vuelve tu vida, se vuelve tu vocación, se vuelve tu maestro, el dador”, completa.

-Tu búsqueda en el folklore latinoamericano comienza con el disco sobre Agustín Lara (Mujer divina, 2012), continúa en Musas (2017-2018) y llega al folklore más tradicional mexicano en Un canto por México (2020-2021), ¿En qué momento sentiste la necesidad de explorar de manera más decidida en la raíz folklórica?

-Cuando me di cuenta que había algo que me estaba faltando. Quizás cuando terminé mi disco Hu hu hu (2009). O sea, yo lo veo ahora con la línea del tiempo. El disco Hu hu hu marcó una época muy mía. Esa era mi propia exploración de la música. Todos los instrumentos los grabé yo como pude, como me daba a entender. Y ese disco era mucha liberación creativa. Quedó algo muy lindo, muy genuino y muy real, era muy mío. Sin embargo, ya un tiempito después, como que hubo un entendimiento de querer conectar con el público y darme cuenta de que mi música tenía que madurar, que yo tenía que madurar como intérprete también, como artista, que tenía que aprender otras cosas que no tenía y por azares del destino, en medio de estas reflexiones, me invitaron a cantar temas tradicionales mexicanos en la celebración del Bicentenario, en el monumento del Ángel de la Independencia, en la avenida Reforma. Canté con la orquesta sinfónica que Alondra de la Parra tenía en ese momento y para mí eso fue un parteaguas en mi vida. Cantar en ese espacio y ver a la gente, ahí fue cuando dije: «Aquí está México, porque este evento es gratuito y aquí está la gente de mi país». Me di cuenta de que yo quería cantar para esa gente. Pero todavía mi música no llegaba a ese lugar. Tenía que encontrar la manera de llegarle a estas personas. De repente estaba yo ahí interpretando canciones tradicionales mexicanas y entre esos compositores estaba Agustín Lara. Entonces empecé a explorar y eso fue como un descubrimiento para mí.

-¿En qué sentido?

-En mi forma de entender la música, en esa cosa más intuitiva, más de oído, más de ir buscando y encontrando belleza. Entonces ahí inició otra rama dentro de mi carrera, que fue empezar a explorar otras músicas y compositores. Y eso me abrió un mundo nuevo. Antes de eso mis influencias eran más músicas en inglés, más música internacional, desde Portishead hasta Radiohead, Björk, Billie Holiday, Ella Fitzgerald, Nina Simone, ese tipo de cosas. Pero ese momento me abrió algo y empecé a escuchar a Toña la Negra, Buena Vista Social Club, Omara Portuondo, La Lupe; compositoras como María Grever, Violeta Parra, Chavela Vargas o cantantes como Mercedes Sosa. Simón Díaz, Atahualpa Yupanqui. Y luego las músicas de Perú, de Colombia, las cumbias, los boleros, por eso lo llamo como un momento parteaguas de mi camino, porque ahí se marcó un cambio de dirección.

-¿Y creés que abriste un camino dentro de la canción latinoamericana para otros artistas? Porque en tus inicios estabas más vinculada al pop, pero encontraste un terreno fértil en la canción de raíz latinoamericana.

-Pues no lo sé, mucha gente me dice eso: «Es que abriste como algo». Y yo digo: «¿Por qué?». Es que en verdad yo no lo pensaba de esa manera, desde ese lugar, más bien era como una curiosidad muy fuerte. La cantidad de herramientas musicales que me ha dado explorar todos esos géneros me hace decir: «No puedo ni quiero parar». O sea, yo seguiré explorando esas músicas. Me pasa con el son jarocho ahora. Yo vivo en Veracruz y de repente empiezo a ver un poco más esas escenas cercanas al son jarocho y digo: «Bueno, espérame, ¿Qué es esto?». ¡Qué maravilla y cuánto que aprender! Y creo que eso me ayuda a mantener los pies sobre la tierra, entender que hay cosas maravillosas y hay mucho que aprender, mucho que seguir caminando.

Esas canciones sensibles
De todas las flores es el décimo disco de Natalia Lafourcade, un trabajo en el que regresa a la composición propia después de varios discos con eje en la interpretación de repertorio popular. La génesis del disco surge a partir de dos canciones que recuperó de un viejo celular en el que guardaba ideas y bocetos musicales: “De todas las flores» y «Vine solita». Son canciones extensas –varias duran seis minutos- que reflejan días de profunda sensibilidad para la artista. Días de crisis, introspección y cambio de piel. “Venía de haber hecho los dos volúmenes de Un canto por México (2020-2021) en donde entraron canciones inéditas mías, como ‘Mi religión’ o ‘Como una vida’, que estaban justo ahí pegaditas a estas canciones de De todas las flores. Pero yo compuse esas canciones y después me olvidé, porque estaba haciendo otros proyectos, no necesariamente haciendo un disco nuevo”, cuenta Lafourcade.

“Entonces, siento que las canciones mostraron su naturaleza realmente sobre cómo funciona conmigo la música cuando se vuelve un hobby, cuando se vuelve un desahogo y hacer una síntesis de cómo estoy, cómo me siento y lo que pasa; cómo inevitablemente cada vez que compongo una canción se apropia de cosas del momento que estoy atravesando”, explica. “Entonces encontrar ‘Vine solita’ y reescucharla fue un ‘uff, qué canción, ¿Qué derramé en ella?’. Después ‘De todas las flores’ fue como un punto de partida. Y esto parte de un momento bastante quebrado, bastante roto y bastante blue, como me dijo mi amigo David Aguilar. Entonces creo que también para mí fue especial en esta ocasión. Esto es lo que toca y también hay que dejarlo que salga de esa manera para que pueda venir lo que tenga que venir después.

-¿Todas las ideas partían de ese celular o hubo canciones que escribiste luego?

-Hubo canciones que escribí luego. Encontré como diecisiete canciones de las cuales algunas eran ideas o borradores de algo que podía ser una canción. Había otras que estaban terminadas, como «Vine solita» y «De todas las flores», que ni siquiera me acuerdo a dónde las compuse. Pero, claro, recuerdo el momento. Entonces, quién sabe qué estaba pasando que hice esa canción. Y ya después, cuando tenía esas canciones y empecé a hacer las listas a ver cuáles me gustaban yo ya sabía hacia qué dirección quería llevar el disco. Y en un momento se me ocurrió hacer una canción para agradecerle a la muerte por enseñarme a vivir. Y algunas otras fueron llegando también de manera muy espontánea, como «Mi manera de querer», o «Que te vaya bonito Nicolás», que fue para cerrar la historia de mi sobrino. Es un disco que habla de la vida y de cosas que a todos nos suceden; de momentos vulnerables, quebrados y de mucha luz; de mucho encuentro, como «Canta la arena”. Son canciones que me muestran la esencia de mi personalidad, de mi picardía, del doble sentido que tenemos los mexicanos.

-En este disco hay una maduración de tu proyecto, de tu voz como artista. Y se nota mucho que es el resultado de un recorrido. No podría haber sucedido este disco antes de Hasta la raíz (2015), Musas o Un canto por México. El folklore latinoamericano aparece internalizado, por ejemplo. ¿De todas las flores es efectivamente eso?

-Totalmente. Está empapado de todo eso, de todas las músicas que fui explorando en medio. Está empapado de mis experiencias, de los quiebres, de la recuperación, de los renacimientos, de las primaveras, de los inviernos, todo lo que hubo en medio y por eso digo: «Uff, qué valioso», independientemente de lo que pueda pasar con el disco. Creo que también, a veces, como artistas, eso puede ser como un abismo para nosotros. Y la pregunta: «¿Cómo va a conectar con la gente y qué va a pasar después?». Pero cuando llegás a un momento donde ya no te importa creo que ése es el lugar.

-De hecho, no es un disco de fácil escucha.

-No, no, para nada. Sobre todo porque confronta con temas que normalmente nos son difíciles de hablar. Ya decir, por ejemplo, «a este mundo vine sola y sola me voy a morir». Ni me acordaba que había escrito esa frase. Y cuando la escuché dije: «Pues sí, es así, es mi camino, es mi vida y yo soy la responsable de lo que tengo en mis manos». Entonces, claro, todo lo que tuvo que pasar para llegar a esa reflexión y luego la olvidé, pero cuando volví a ella en mi celular me encontré con esa canción y lo celebré. Poco a poco fui agarrando fuerza y me di cuenta que esto es lo que había que decir. Es un disco retador. Propone la escucha, la contemplación, propone sentarte. Y a mí me ha retado en ese sentido también porque es un disco que ha traído regalos como poder presentarlo en el Carnegie Hall (Nueva York), pero después tener que esperar meses para una gira, hacer el podcast, que es un regalo, pero también implicó mucho trabajo y exigencia. Yo quería un podcast al nivel del disco, no una cosa de relleno. Y así fue… Ahora sí ya estoy más que lista para ir al escenario y juntarme con la gente. Hace bien extrañar y valorar también a la distancia las cosas.

-La canción «Que te vaya bonito Nicolás» habla particularmente de la muerte, pero no desde un lugar dramático sino desde un lugar luminoso y trascendental, ¿Cómo llegás a ese entendimiento y por qué creés que en Occidente cuesta tanto hablar de la muerte?

-Puede sonar fuerte, pero creo que poder ver la muerte, poder hablar de ella, poder integrar que la muerte es parte de la vida es un acto de humildad feroz y hermoso. Porque ahí es cuando entiendes que tú no puedes controlar tu existencia. Hay otros factores más grandes que nosotros. Se ve en la naturaleza, en la tierra, en las cosas místicas, la magia de la vida. Hay personas que son muy escépticas; en mi caso yo creo en todo, soy súper creyente de toda energía. El otro día llegamos a un lugar y me decían: «Cuidado que aquí hay fantasmas». Y yo dije: «Ay, qué bueno, porque me caen re bien». Yo súper creo en eso, pero creo en eso porque lo vivo. Lo vivo cuando hago música, cuando me inspiro. A mí me pasan esas cosas y eso es lo que me hace creer. Cuando yo compuse «Que te vaya bonito Nicolás» mi sobrino estaba partiendo de este mundo, estuvo desaparecido cinco días y mientras buscaban su cuerpo yo escribí esa canción y sé que no fui yo, yo sé que fue él el que me la dictó. Porque yo lo sentía así.

-Cuando uno se conecta con esos aspectos es una muestra de que de verdad eres humilde para entender que no estamos solos. Hay más cosas sucediendo. Y me parece maravilloso cuando uno logra entender esa parte de la vida y que la muerte está implícita en toda cosa que hacemos. Y cuando tú integras eso, a mí me pasó con lo que he vivido en el proceso de este disco, vinieron muertes de personas cercanas a la familia, gente amada que ya no está, y mientras eso pasaba también reconocí que yo estaba atravesando una muerte interna. Entender que vienen las muertes en vida, transiciones, cambios de piel, cambios de ciclo, metamorfosis que generamos. Y cuando entiendes eso valoras la vida de una forma muy distinta y puedes ser más feliz. Porque entonces valoras, agradeces, y cuando vienen los momentos difíciles los tratas con mucho más generosidad internamente. «No, no la estoy pasando tan bien, pero esto va a pasar». Fue un elemento y un factor que estuvo muy presente en el disco.

-En este sentido, en «María la curandera» citás una frase que dice: “La oscuridad es un lienzo perfecto para volver a pintar luz”, ¿Cómo surge esa canción y cuándo te empezás a vincular con la sabiduría ancestral de María Sabina?

-Fue gracias a mi compañero, que me mandó un texto de María, que en el libro lo escribí a mano en español y en inglés. María Sabina no leía y no escribía como tal. Pero era una chamana, era una mujer medicina, y bajaba la información a través de las hierbas y los hongos. Son esas cosas que no sabes cómo se dan, cómo suceden. Cuando el disco ya estaba encaminado empezaron a pasarme cosas. Y de repente me llegó ese texto y cuando lo leí supe que tenía que escribir una canción. Y la canción no costó trabajo, me senté y apareció. Después vino toda la parte de cómo íbamos a arreglarla y terminó siendo como un mantra musical, como una cumbia rebajada ahí entre las olas. Y siento que el arreglo trae dos partes musicales que para mí representan el lado masculino y el lado femenino. El lado masculino, animal, por medio de los vientos, y el lado femenino por medio de los coros. Y cómo todo eso le da una fuerza a la música para empoderar a María Sabina con esta voz. Por eso siento que en este disco hubo seres de otras dimensiones. No me había pasado con ningún disco. Sí me había pasado magia, pero no de este tipo.

-La síntesis del disco, entonces, es que partís desde la oscuridad, de un desgarro amoroso, hacia la luz, ¿no?

-Es la síntesis del disco, sí. A mí me gusta mucho usar una frase de María Sabina que dice al final de su poema: «Canta, baila, salta para que vivas más feliz y recuerda: tú eres la medicina». Esa la síntesis de mi disco. Un reencuentro conmigo misma y con mi jardín. Es volver al jardín, a jugar, el aspecto del niño interior. Y menciono el niño interior porque creo que en este tiempo se ha vuelto muy importante reconectar a mi niña interior siendo una mujer: «Ay, a ver, qué dicta mi niña interior, qué quiere hacer mi niña interior; ay, quiere un helado, pues vamos por un helado». O sea, consentir nuestro niño interior, porque es sabiduría pura. Él no juzga, él no dice: «Ay, no, pero cómo te vas a poner a pintar, cómo te vas a poner un disfraz o cómo vas a meter ese instrumento». No sé, lo que sea, mi niño interior no juzga a ninguna persona que se me plante en frente. Ella quiere jugar todo el tiempo. Por eso siento que se fue dando de esa manera. Y a este disco lo veo como un gran maestro.

Abrazar la melancolía
De todas las flores se caracteriza por una interpretación serena, profunda y melancólica. El cantante y compositor mexicano David Aguilar, que escribió dos canciones con Lafourcade en este disco («Muerte» y «Canta la arena»), sostiene que la melancolía no es un estado de tristeza sino de observación, inspiración y contemplación. “Yo a eso lo veo clarísimo en David, que es muy amigo mío”, desliza Lafourcade. “Es que la melancolía es la sensibilidad misma; o sea, cuando hay sensibilidad a flor de piel ves un poco más allá también. Hay cosas que resaltan y puede ser muy abrumador y agotador también ver ciertas cosas. El todo de la vida, recordar, pensar, las experiencias, las memorias, las cosas que pasan. Y está la melancolía latente ahí, siempre”, se explaya.

“En el caso de mi música, la melancolía juega un papel muy importante. Porque la canción feliz tiene que tener una cosa que balancee hacia lo melancólico, hacia el opuesto. Y a su vez, la canción triste tiene que tener un hilo de esperanza y felicidad. Y es la manera perfecta de balancear la música, porque la vida es así, porque eso está. Hay días de sol, pero también hay días de lluvia; la vida y la muerte. Todo eso forma parte de la vida y a mí me gusta constantemente honrar eso. Porque quizás hay días en los que me siento más abajito, me siento más lenta en mi posibilidad de estar. Y hay otros días que voy como toro. Pero están esos matices y siento que es importante saberlo. Porque cuando sabes que eso es parte de la vida no la pasas tan mal. Los opuestos le dan la fuerza a la vida y aparecen mucho en mi música”

Fuente: Pagina 12

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