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«Las Moiras», amores y pasiones sin solemnidad

La pieza teatral utiliza el humor y el grotesco para abordar el tema de la identidad y las diferencias. Las Moiras puede verse lunes y sábados en el Galpón de Guevara.

Cada vez que Analía Couceyro pisa un escenario es un deleite para lxs amantes del teatro. Esta actriz hipnótica, de una presencia arrolladora, vuelve a cautivar con la contundencia alocada de su nueva criatura en Las Moiras, segunda incursión en el teatro de la filósofa y escritora Tamara Tenenbaum, bajo la dirección de Mariana Chaud.

La pieza se centra en tres judías ortodoxas del barrio del Once, esposas de rabinos, y se cruza con dos mitos: el del Dibuk, el espíritu errante de un muerto que no se desprende aún de la Tierra pudiendo poseer a algún vivo, y la leyenda griega de las moiras, las tres viejas del inframundo, hijas de Zeus, que hilan, sostienen y cortan el hilo de la vida, mezcla de lo sagrado y lo demoníaco. Couceyro es Zippe, la mayor del trío; Luciana Mastromauro da vida a Ruth y Flor Piterman es Tamar, la más joven del grupo que funciona mancomunado como una agencia matrimonial, decidiendo quién se casa con quién en la comunidad religiosa. Entre chismes a granel, té, leicaj (la típica torta de miel), tejidos y jugadas de Rummy, organizan las vidas de lxs solterxs del barrio, encerradas en un departamento. El dispositivo escenográfico es acotado y genera esa sensación de mundo reducido, limitado a esa mesa con sillas desde donde estudian las familias de los y las jóvenes, deciden sus destinos y cobran por la tarea.
El tono del espectáculo lo da el humor, el grotesco y también cierta parodia en relación a la forma en que hablan y pronuncian el castellano estas mujeres de camisa cerrada, falda larga, pelo cubierto o peluca, como indica la tradición. Sin llegar a la parodia extrema de Judith y Sandra, esas adolescentes judías que interpretaban Juana e Inés Molina en el ciclo “Juana y sus hermanas”, las actrices tiñen de comicidad sus personajes. Hasta escupen cada vez que dicen “soltera” como si fuera una maldición. Couceyro lleva su personaje a zonas más extremas, casi expresionistas, lo que es un sello de sus trabajos y le da un tinte muy interesante, mientras que Mastromauro se mantiene más en un tono medio y Piterman divierte mucho con esa jovencita tan conservadora como sus compañeras. Es muy histriónica, mueve sus ojos y su rostro componiendo máscaras que colorean este personajito que, a pesar de su juventud, no se le ocurre cuestionar nada ni siente curiosidad por otra forma de vida, al punto de preguntarse: “¿Para qué queremos tiempo?”. Como si el que dedica a arreglar casamientos cubriera todas sus necesidades vitales.
El orden se altera con la llegada de otra joven (Fiamma Carranza Macchi) que se acerca a las casamenteras, provista de su computadora. Siente que no encaja y les ofrece una novedad, un programa que trae nuevos aires: que el algoritmo seleccione candidatos estudiando las familias y que sugiera posibles uniones matrimoniales. Pero que el resultado no sea una imposición sino un camino posible, una sugerencia, tan sólo una indicación a explorar. Cuando explica el procedimiento y sus ventajas, al rechazo rotundo se suma un fenómeno que desconcierta a todas aún más: su cuerpo y su voz se transfiguran, toda ella se convulsiona como poseída por una fuerza maligna. Las luces tiñen de rojo la escena y la sentencia no tarda en llegar: “Tiene el Dibuk”. Para exorcizarla recurren a un libro de conjuros y, sin dudas, ellas bien podrían ser unas moiras contemporáneas, brujas, mezcla de lo divino y lo demoníaco, en su afán por manejar los hilos de la colectividad sin otro objetivo que mantener la tradición a rajatabla, cueste lo que cueste. Y lo demoníaco, en todo caso, ya no aparece circunscripto a la “endemoniada” sino a ellas también, a pesar de que nunca lo vayan a sospechar.
Las Moiras es la primera parte de El Dibuk, dos covers, díptico que Tenenbaum creó a partir de El Dibuk o Entre dos mundos, una de las obras más conocidas del teatro judío escrita en ruso por Shlomoh Anski y traducida por él mismo al ídish. Para más adelante está previsto el estreno de la segunda pieza, El día más largo del mundo. Mientras tanto, la amplia sala del Galpón de Guevara viene llenándose desde el estreno de esta primera parte los lunes (día atípico para el teatro) y sábados, con un público variado que disfruta de una obra apta para todo público sin hermetismos.

En las gradas se mezclan jóvenes, adultos y gente mayor; judíos y “goys” (como llaman en la colectividad a los no judíos). Son varios los que enseguida captan las palabras en ídish y se ríen. Como plus, el programa de mano trae un glosario de palabras en ídish y en hebreo para quienes quieren enriquecer su acervo. Pero más allá del micromundo en el que se despliega esta ficción, Las Moiras plantea temas que lo exceden y resuenan en otros ámbitos cerrados. Cómo vivimos con lo diferente, con el cambio, con la mezcla, son cuestiones que asoman a lo largo de esta comedia que reflexiona sobre el amor y la pasión sin solemnidad.

Las Moiras 8 Puntos
Dramaturgia: Tamara Tenenbaum
Dirección: Mariana Chaud
Elenco: Analía Couceyro, Luciana Mastromauro, Florencia Piterman, Fiamma Carranza Macchi
Escenografía: Matías Sendón, Ariel Vaccaro
Iluminación: Matías Sendón
Vestuario: Cecilia Zuvialde
Música original: Ian Shifres
Coreografía y movimiento: Manuel Attwell
Producción: Compañía Teatro Futuro
Funciones: lunes y sábados a las 20 en el Galpón de Guevara (Guevara 326).

Fuente: Pagina 12

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