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«La sed»: sinceridad antes que sensacionalismo

Con una estética de «cine directo», el realizador sigue los pasos de Juan Carlos, un alcohólico en recuperación que retoma las riendas de su vida.

Argentina, 2023

Dirección: Matías Scarvaci

Fotografía: Armin Marchesini Wehimuller / Alejo Maglio

Montaje: Enrique Bellande

Duración: 75 minutos

Estreno exclusivamente en el cine Gaumont.

En el cine el alcohólico ha sido tratado siempre de modo sensacionalista, con adictos que sufren delirium tremens, o están en fase terminal. El protagonista de La sed se halla en cambio en instancias de recuperación, por lo cual es posible conocer el día a día de un alcohólico grave, ya que el protagonista (y un grupo de amigos) lo cuentan en detalle, recordando cómo era la vida cuando sufrían la enfermedad de forma aguda, y la cámara los sigue sin juicios ni prejuicios. El resultado es el retrato de un exalcohólico (aunque, al tratarse de una adicción, el prefijo ex es relativo), hecho por sí mismo sin tapujos.

Juan Carlos vive con su esposa en Mar del Plata, y junto a ella atiende un negocio de bijouterie. Lleva una vida que puede considerarse “normal”, yendo todos los días al trabajo, una vez por semana a sesiones de Alcohólicos Anónimos, y vive en una bonita casa con jardín. No siempre fue igual: pasó cinco años en la calle a los veintipico, robó, estuvo dos años en prisión y otros dos en una clínica psiquiátrica. Tuvo comportamientos violentísimos (“se convertía en un monstruo”, atestigua su esposa), como el día en que prácticamente rompió todo el local, amenazando y golpeando a su pareja, por ejemplo con una patada en el cuello. Se tomaba hasta los perfumes de su compañera. A pesar de todas las dificultades esta le tuvo paciencia, confió en él y finalmente un día Juan Carlos decidió dejar ese infierno, manteniéndose prácticamente abstemio desde entonces.

En un notable documental anterior, dirigido junto a Diego Gachassin (Los cuerpos débiles, 2015), el realizador de La sed, Matías Scarvaci, seguía todos los detalles de un juicio a “pibes chorros”, mediante la estética conocida como “cine directo”, que implica usar la cámara como si estuviera ausente. Ningún comentario a cámara, ningún comentario fuera de cámara. Filmación de la vida cotidiana, tal como la viven sus protagonistas. Aquí Scarvaci repite la técnica, en provecho del resultado y aprovechando los relatos de su pasado que Juan Carlos hace tanto en el grupo de rehabilitación como con sus amigos, y también con la crónica literaria que empezó a escribir en un taller. En una escena durante una sesión de terapia “habla” con su padre muerto, quien le quedó debiendo alguna cuenta y a quien Juan Carlos, a pesar de todo, perdonó.

El resultado de La sed es de una enorme sinceridad, con la puesta en escena de Scarvaci al servicio de su protagonista, a quien observa de igual a igual. Ante un tema que se presta al sensacionalismo y la explotación, el realizador se cuida muy bien de no incurrir en ninguno de esos maltratos, tomando a su protagonista por lo que es: un hombre que durante un tiempo “patinó” y hoy en día se halla en vías de rescatarse. Aunque, como se sabe, nunca sea posible hacerlo del todo. El final encuentra a Juan Carlos, junto a sus ex compañeros de la clínica, celebrando una Nochebuena con gaseosas.

Fuente: Pagina 12

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