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La curiosa historia del cambio de horario

Argentina es uno de los pocos países de la región que no modifica su hora oficial de hora de verano a hora de invierno.

Hace algunos años se dio por terminada la polémica basada en cálculos subjetivos de supuestos ahorros energéticos que -como se estableció- no son significativos para un país que en su zona norte es cortado por el Trópico de Capricornio. Menos mal, porque como venimos llevando los temas polémicos sólo faltaría el cambio de huso para ocupar horas y horas de debates estériles en tevé.

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Los países vecinos sí hacen el cambio, y -como en el caso de Paraguay y Brasil- aunque nada ganen y de esa manera casi un cuarto de la población mundial se ve obligada a modificar la hora de sus relojes cada seis meses, y con cada cambio, regresa puntual la controversia sobre las ventajas y desventajas de esta medida. El año pasado la UE convocó una consulta no vinculante sobre el tema pero finalmente no se decidió nada.

 Al ‘cuhete’, pero temprano

La frase no es precisamente esa, pero es lo que pensaba Benjamin Franklin allá por 1784 mientras se desempeñaba como embajador de EE.UU en Francia. Allí cayó en la cuenta de que en el viejo continente el sol salía bastante más temprano en verano que en invierno; y pensó que los parisinos debían madrugar más durante el estío y acostarse antes, para gastar menos aceite de las lámparas.

Incluso llegó a calcular que la ciudad de París ahorraría así cada año el equivalente a unos 170 millones de euros de la actualidad. En una carta anónima al periódico Le Journal, Franklin propuso en tono satírico establecer un impuesto a las contraventanas o levantar a los perezosos a cañonazos aunque no tuviesen nada que hacer.

Pero Franklin no inventó el horario de verano. Solo proponía un cambio de hábitos, algo similar a lo que hizo en 1810 el Parlamento español, cuyo reglamento adelantaba las reuniones una hora entre mayo y septiembre (en lugar de cambiar los relojes).

Fueron los primeros intentos de adaptarse a un problema del mundo industrializado, que no existía en las sociedades agrarias: la gente se levantaba con el canto de los gallos o el repicar de las campanas al salir el sol. Y ya desde antes de la civilización romana, el tiempo de sol a sol —durase lo que durase— se dividía en 12 horas o partes; de manera que las horas estivales se hacían, con razón, mucho más largas: cerca del solsticio de verano duraban 75 minutos en Roma, mientras en el solsticio de invierno ni siquiera llegaban a los 45 minutos.

Un pueblo, una hora

Esa manera tan flexible de adaptar las rutinas diarias al sol se terminó cuando se perfeccionaron y popularizaron los relojes mecánicos, en el siglo XVIII. Entonces en cada localidad el reloj de la plaza principal se ajustaba a las doce cada mediodía (el momento más alto del sol sobre el horizonte) y cada uno sincronizaba su propio reloj con el de la plaza. La vida diaria comenzó a organizarse en torno a 24 horas siempre iguales, de 60 minutos.

Y resultó que cada día y en cada lugar amanecía a una hora diferente: en París en 1784 el sol salía un poco antes de las cuatro en junio, y cerca de las ocho en Navidad. Si un parisino comenzaba el año con el buen propósito de levantarse a las ocho, al llegar el verano estaba desperdiciando más de cuatro horas de luz solar, como lamentaba Franklin en su satírica carta.

Durante el siglo XIX no se corrigió este desfase. Llegó la revolución industrial y marcó otras prioridades: con la extensión del ferrocarril y el telégrafo, no tenía sentido que cada ciudad se rigiese por su propia hora solar. Surgió la necesidad de coordinarse y unificar horarios, primero para evitar choques de trenes y luego para comunicarse a distancia en tiempo real. Así se implantaron la hora estándar y los husos horarios.

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Pasaron las décadas hasta que a principios del siglo XX el constructor inglés William Willet retomó la idea de Franklin, durante sus veraniegos paseos a caballo al amanecer, mientras sus vecinos aún dormían.

Golf con luz de día

Desistiendo de intentar hacerles madrugar más, se le ocurrió adelantar los relojes para que todos pudieran aprovechar mejor la luz solar. Y así, de paso, a él no se le hacía de noche tan pronto durante sus partidos de golf. Pero las grandes empresas y líneas de transporte frenaron la revolucionaria medida. También se opusieron los científicos; orgullosos de haber establecido recientemente un sistema de zonas horarias. Fue Alemania el país pionero en aplicar la propuesta de Willet durante la Primera Guerra Mundial.

El domingo 30 de abril de 1916, el káiser Guillermo II aprobó el cambio de hora para reducir el consumo de carbón por la iluminación artificial. El Reino Unido reaccionó rápido junto a otros países vecinos, que adelantaron sus relojes durante ese verano y los siguientes. Aunque muchos mantuvieron desde entonces el cambio de hora estacional, otros la instauraban y suprimían aleatoriamente. En los años cincuenta y sesenta el horario de verano perdió popularidad. En EEUU era un completo caos. Hasta 1966 cada ayuntamiento escogía si lo aplicaba y entre qué fechas.

La diferencia horaria entre las grandes ciudades oscilaba durante varias semanas al año, causando pérdidas a la industria. También separó a los vecinos de las Ciudades Gemelas (Minneapolis y Saint Paul, que forman un área metropolitana muy cohesionada). Incluso está registrado el caso de una línea de colectivos en la que el conductor tenía que cambiar de hora siete veces en menos de 60 kilómetros, los que separan Steubenville (Ohio) de Moundsville (Virginia Occidental).

Una cuestión geográfica

Empujados por la primera gran crisis del petróleo, Estados Unidos y muchos países europeos adoptaron el cambio de hora de forma ininterrumpida desde 1974. Ya en los años 1980, la Unión Europea unificó las fechas del cambio, para evitar desajustes entre sus países miembros.

Desde entonces Europa adelanta una hora el reloj el último fin de semana de marzo, y la atrasa el último fin de semana de octubre. De los 194 países que hay en el mundo, 73 han cambiado la hora en 2018. La mayor parte de Asia, África y América no lo hace. En los países cercanos al ecuador, las horas de luz y oscuridad apenas varían a lo largo del año, por lo que no tiene sentido ningún cambio.

En los países situados muy al norte o muy al sur, el cambio también carece de razón: la diferencia entre las horas de luz en invierno y en verano es tanta que resulta imposible compensarla. Los países nórdicos aplican el horario de verano para sincronizarse con el resto de la Unión Europea. Pero, por ejemplo, Islandia no lo hace. Portugal ya ha dicho que no piensa acatar la decisión de la Comisión Europea y seguirá cambiando la hora. Parece que hay controversia para rato.

Norte

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