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A 40 años de la salida de un clásico del heavy argentino

El primer disco de V8 marcó a fuego a varias generaciones metaleras. Ricardo Iorio, Gustavo Rowek, Osvaldo Civile y el “Beto” Zamarbide encarnaron el mito de origen del género y se rebelaron contra el rock que se imponía a comienzos de los ’80.

Otro momento. Otra Argentina. Otro rock. A Pappo, que le gustaba joder, un día se le dio por aceptar la invitación de un muchachito para escuchar un ensayo de su banda. El muchachito era un repartidor de vinos, que además cantaba: Alberto Zamarbide. La banda, V8. Y lo que vio y escuchó esa tarde, más un demo incunable que había le habían pasado en los estudios Panda, fue causa suficiente para que el “Carpo” irrumpiera en la casa del “Beto” para invitar a su banda al B.A.Rock IV. El de noviembre del 82, en Obras. El del “Adiós a las pálidas”.

Y vaya que le gustaba joder a Pappo, porque la vía central rockera –pese a la saludable asonada de Riff y lateralidades encarnadas en bandas punkis como Los Violadores o Alerta Roja– iba entonces por las nubes acústicas de Pedro y Pablo, la incipiente trova rosarina que se había impuesto en Buenos Aires con la rapidez de un rayo, Nito Mestre, Piero o Raúl Porchetto. La joda pasaba entonces por cortar con la dulzura. Por ir contra los que habían “ablandado la milanesa”, según Pappo, que precisamente vio en V8 una banda con la que compartir no solo la bronca por el rock imperante, sino también el apego hacia una era metálica que se abría, y que tenía expresiones de contexto en bandas como Motorhead, el viejo –y nuevo– Black Sabbath, AC/DC o Judas Priest.

Sin ese encuentro iniciático y seminal entre Pappo y Zamarbide en el Parque Sarmiento –y su efecto en hechos, claro— tal vez no hubiese sido posible Luchando por el metal, disco debut de V8, de cuya edición se cumplen hoy 40 años. Y sin él –de ahí su vigencia– se tornaría complicado darle entidad e identidad al rock pesado criollo, que es un poco el de los pibes y pibas de las clases trabajadoras, el de los suburbios. Se complicaría contar una historia que derivaría en la de bandas que marcaron a fuego las pertenencias musicales –y no solo— de más de una generación.

Antes de ese domingo otoñal de abril, los rugidos de V8 que le prepararon el terreno al disco fueron dos: una nota en la revista Pelo, en la que el joven Iorio definía al grupo como “energético y con mensaje”, y una intervención televisiva en el programa Rock R.A, de Canal 13, donde impactaron alto entre tachas, cueros, y una versión de “Tiempos metálicos”, de cuando esta se llamaba “Vomitando heavy metal”.

Después sí llegó el B.A.Rock, donde la estrategia Pappo empezó a consumar su resultado: Ricardo Iorio, Gustavo Rowek, Osvaldo Civile y el “Beto” Zamarbide se animaron a embestir contra los hippies, que no eran tan pacíficos como marcaban sus arquetipos, en medio de un contexto que no era el mejor: sonido malo –no habían ni siquiera probado–, pocos conocían esos temas que entonces circulaban en un muy curtido demo-casete (“Muy cansado estoy”, “Voy a enloquecer”, etc), y la violencia con que Iorio y Civile respondían a la otra violencia –la de naranjazos, insultos y botellazos– quemaba. Mientras el bajista gritaba “que se mueran los hippies” antes de encarar “Parcas Sangrientas”, el violero amenazaba con romper la guitarra en la cabeza de los agresores… y operación Pappo resuelta: alguien tenía que poner palos en la rueda, piedras en el zapato, saliva en el asado, y ese fue V8.

Luchando por el metal significó entonces la concreción en disco de esas intenciones de dureza rockwell de los muchachos, frente a discos que expresaban otra cosa. Se editaba, meses más meses menos, el famoso de Pedro y Pablo En gira; el maravilloso Bajo Belgrano, de Spinetta Jade o el homónimo de Baglietto, mientras Sumo, apenas asomaba con Corpiños en la madrugada, y el primero de Los Violadores llegaría recién a fin de año.

El disco debut de V8 se publicó el mismo día que Riff empezó a grabar en Obras En acción, entre trifulcas que terminaron con doscientos tipos presos. Es decir que la parte del rock pesado que correspondía al movimiento extendido –o a sus márgenes– estaba hablando de eso, y no del disco flamante. “Éramos nosotros y 200 fisurados”, dirá Rowek en entrevista con Fernando D’Addario en el NO de PáginaI12, del 21 de setiembre de 2001. Sin embargo, fue adquiriendo relevancia con el paso del tiempo, incluso separada la banda. Sobre todo en momentos en que sus deslindes metaleros (Hermética, Logos, Horcas, Almafuerte y sus respectivas huestes) necesitaban referenciarse en él. En un “mito de origen”.

Fue con ese delay que sus temas, que no habían pasado de ser un batifondo extraño en los festivales en que imperaban otras bandas, se fueron convirtiendo en emblemas de esa porción de rockeros a los que la ternura les caía mal al páncreas. Sesenta horas de grabación en los Estudios Edipo de los hermanos Vitale, alcanzaron para registrar la guitarra del mismo Pappo en “Hiena de metal”; el oscuro teclado eclesiástico de Marcelo Vitale en “Si puedes vencer al temor”; “Muy cansado estoy”, temazo que se había iniciado en la pluma del “Chofa” Moreno, uno de los fundadores de la banda, y terminó en la de Iorio; el sonido de un motor Torino –porque no se había podido conseguir un V8— como introducción de “Destrucción”; y otro tema que le dio piel a los seguidores de la primera hora: “Brigadas metálicas”, esas que no pudieron salir en la tapa del disco porque cuando se las iba a fotografiar en Barrancas de Belgrano, cayó la razzia en un 64, y fueron todos a parar a la 33. Otra arista intrínseca de esas agitadas horas pasó porque ningún V8 sabía de equipos y grabaciones, por lo que adquirieron vital importancia la presencia del experimentado sonidista “Quebracho”, que venía desde los inicios del rock argento, y del Marshall que aportó Gabriel “Conejo” Jolivet, entonces guitarrista de Dulces 16.

El disco terminó viendo la luz a través de Audiomagnética, sello pequeño que mutaría su nombre por el de Umbral, y que por entonces se dedicaba publicar cuarteto cordobés, humoristas y discursos de Eva Perón. Pero una mejor manera de acceder a él es, o bien la edición en Cd que Radio Trípoli emprolijó en 1992, o mejor aún a través de la caja de cuatro discos que Fogón editó en 2001, pensando en las huestes del siglo XXI. Además de toda la colección oficial, la antología desclasifica el tema “Maligno”, entre otras versiones demo, y temas en vivo del Obras en que V8 teloneó a Barón Rojo.

Luchando por el metal no solo se convirtió en mito de origen de un género de esos “suicidados por la sociedad” que se resiste a perecer, sino también en referencia central en Morbid Visions, disco debut de Sepultura; en obsesión de Nekro, el ex Fun People, que pujó fuerte para que lo editaran en España; en atracción fatal para la banda española Lujuria, que terminó grabando una contundente versión de “Destrucción” en su disco de 2010 Llama eterna. Y en la banda de bandas (Nepal, Masacre, Attaque 77, Horcas, Barón Rojo y O`Connor) que se unieron para tributar al grupo en cuestión a través de un tributo publicado por el sello Nems, bajo un nombre más que real: V8 no murió.

Fuente: Pagina 12

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