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«2 o 3 cosas que yo sé de ella», testimonio de la etapa más frenética de Jean-Luc Godard

Es una de las tres películas que el director francés filmó durante 1966, aunque fue estrenada en Francia en marzo del año siguiente. En los bordes del «período maoísta» de Godard, el film presenta a una ama de casa que en paralelo sostiene la profesión de prostituta. De fondo, permeándolo todo, las relaciones entre hombres y mujeres, la sociedad de consumo, las guerras y la política.

La distribuidora local Mirada Distribution continúa con su plan de reestrenos regulares de algunos de los títulos más populares del canon godardiano, hasta el momento concentrado en la etapa más frenética y, posiblemente, más fructífera en términos creativos de toda su carrera: aquella que arranca a comienzos de los años 60 en esa bomba atómica llamada Sin aliento y culmina en el film-bisagra La chinoise siete años más tarde. Años de destrucción y reinvención del cine para el crítico y realizador nacido en París el 3 de diciembre de 1930 y fallecido por propia voluntad en Suiza, su segunda patria, el pasado 13 de septiembre. Al relanzamiento reciente de títulos como Masculino Femenino y Vivir su vida se suma ahora una de las tres películas que Jean-Luc Godard filmó durante 1966, aunque fue estrenada en Francia en marzo del año siguiente: 2 o 3 cosas que yo sé de ella. Uno de los dos títulos –junto con Made in USA, filmado casi en paralelo– que comienza a evidenciar de manera elocuente el llamado maoísta en la vida personal y profesional del cineasta, al tiempo que su romance con el cine de Hollywood transmuta en enemistad no exenta de rencores.

Como en la mayoría de sus creaciones, hablar de una trama es petrificarse en la superficie de las cosas. En 2 o 3 cosas…, basada aparentemente en una noticia periodística –algo similar ya había ocurrido con otros “guiones” de su autoría–, la actriz francesa de origen ruso Marina Vlady interpreta a Juliette, una ama de casa, mujer casada con dos hijos pequeños, que en paralelo sostiene la profesión de prostituta. Una manera de contribuir a la economía familiar, sin duda, pero también, quizá, un mecanismo para escurrirse de mandatos y corsés. De fondo, permeándolo todo, las relaciones entre hombres y mujeres, la sociedad de consumo, las guerras, la política. Y los cambios edilicios en las afueras de París, ejemplificados brutalmente por la construcción de esas enormes moles verticales, los edificios de departamentos “sociales”, pajareras de futuros habitantes humanos. Ensayo libre pero muy concentrado en fondo y forma, 2 o 3 cosas que yo sé de ella descree de las definiciones estandarizadas de documental y ficción, y no casualmente comienza con la doble presentación de la actriz/personaje gracias a la voz –susurrante, como en una confesión– del mismo Godard.

Vlady/Juliette se encuentra con un cliente en un amplio departamento de varias habitaciones; su dueño hace también las veces de baby sitter de los hijos de las chicas trabajadoras. Juliette entra en un local de ropa exclusiva y comienza a observar y sopesar una serie de tapados y vestidos, mirando a cámara y haciendo comentarios dirigidos al espectador. Juliette visita a su marido en el garaje donde este trabaja y camina por algunas calles parisinas repitiendo gestos y movimientos. El registro en cuadro ancho scope y a todo color (colores primarios, chillones, similares a los de los productos alimenticios y de limpieza que ocupan toda la pantalla en el último plano) ofrece un espectáculo de la sociedad moderna, al tiempo que las últimas noticias de la guerra de Vietnam son transmitidas por la radio. El mundo (el cine) de Godard está cada vez más alejado de los géneros que supo “deconstruir” apenas unos años antes, preparándose sin saberlo para pegar el gran salto y rebautizarse Grupo Dziga Vertov, acompañado por el joven Jean-Pierre Gorin.

Pero antes del agitprop y de una autoproclamada clandestinidad ante las corrientes principales del cine francés y mundial, Godard continuaba inmerso en la producción y manufactura de largometrajes con salida comercial cuya cualidad de verdaderos caballos de troya fílmicos ya no lograban convocar a las masas. Aunque… pocas cosas más alejadas de su ideario e ideología que la complacencia del público. Detrás de las imágenes y sonidos, la vida real de los principales hacedores. Godard había conocido a Vlady unos años antes y el cortejo, en tiempos de agrio divorcio de su esposa Anna Karina, incluyó un sorpresivo pedido de matrimonio poco antes del comienzo del rodaje. Los testigos dicen, sin excepciones, que la negativa de la intérprete –a su vez separada y madre de varios hijos–impregnó la rutina de la filmación de bilis godardiana. Vlady, actriz de alcurnia que debutó en la pantalla a los once años y en 1966 era toda una figura del cine galo, declaró no sentirse a gusto durante el proceso, desprotegida en términos profesionales ante el particular método de dirección actoral de JLG. Nunca volverían a colaborar en otro proyecto. Las malas lenguas afirman incluso que actriz y realizador no se hablaban, excepto por cuestiones directamente ligadas a la realización de la película.

Godard perfeccionó en 2 o 3 cosas… una técnica que ya había utilizado esporádicamente con anterioridad. Gracias a un audífono oculto a la cámara (observar la particular manera en la cual la actriz se acomoda el cabello del lado derecho del rostro), el realizador dictaba las líneas de diálogo que se debían pronunciar, mientras la cámara y el micrófono ya estaban en plena actividad. En otros momentos, Vlady debía responder a una serie de preguntas que iban de lo trivial a lo existencial, de lo íntimo a lo político. “Las preguntas siempre me tomaban por sorpresa en el medio de un texto que había memorizado. Fue una verdadera gimnasia del pensamiento y debía reaccionar muy rápido”, declaró la actriz en una entrevista con la revista alemana Film, citada en el magnífico libro de Richard Brody Everything is Cinema, dedicado a la obra de JLG. La invención, la sorpresa, el lenguaje. Porque, ¿qué es el lenguaje?, como le pregunta a Juliette su hijito de unos ocho años, luego de describirle un sueño en el cual la fusión material de dos niños es interpretada por el pequeño como símbolo de la reunificación de las dos Vietnam.

Entre citas a Bresson, un homenaje nada velado a Alain Resnais y una diatriba contra Charles de Gaulle (“un aparente reformador y modernizador que, en realidad, sólo normaliza las tendencias naturales del capitalismo”), 2 o 3 cosas que yo sé de ella tira a mansalva bombas molotov audiovisuales a un mundo que el realizador comenzaba a escrudiñar con ojos llenos de furia y, tal vez, un poco de fanatismo. En sus propias palabras, pronunciadas en el film: “Gracias al aviso de mi radio a transistores escucho una publicidad de Esso. Gracias a eso, manejo por las calles de los sueños y me olvido del resto. Me olvido de Hiroshima. Me olvido de Auschwitz. Me olvido de Budapest. Me olvido de Vietnam. Me olvido del salario mínimo. Me olvido de la crisis habitacional. Me olvido de la hambruna en India. Me olvido de todo, excepto que, desde que me han llevado al grado cero, es desde allí que debo comenzar de nuevo”.

Fuente: Pagina 12

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